Historia
Un legado que se cuida cada día
En las tierras abiertas del entorno de Trujillo, donde el horizonte se mezcla con encinas y pastos de secano, crece y se afianza desde hace años la ganadería de Álvaro Villanueva Pablos. Desde joven, Álvaro supo que su vínculo con el campo iba más allá del afecto: era una forma de vida, una responsabilidad, un legado que debía cuidarse y perfeccionarse.
Su explotación fue creciendo poco a poco, no tanto en número como en criterio. Álvaro entendió desde el principio que una buena ganadería no se mide por el tamaño del rebaño, sino por la calidad de los animales, su rusticidad, su capacidad de adaptación, su sanidad y su fertilidad. En un tiempo donde muchos miraban hacia razas foráneas o sistemas intensivos, él se mantuvo fiel a los valores del pastoreo extensivo y a las posibilidades de la raza merina pura.
La ganadería fue tomando forma entre parideras cuidadas, lotes seleccionados, revisiones constantes, análisis morfológicos y reproductivos. El trabajo era silencioso, constante, exigente. Años de observación, decisiones bien tomadas y una relación casi intuitiva con sus animales. Caminaba entre ellas con respeto y conocimiento; sabía lo que debía esperar de una madre, lo que podía exigirle a un macho reproductor y lo que el entorno necesitaba para que el ciclo natural siguiera sin fracturas.
Quienes conocen la ganadería de Álvaro Villanueva no solo la asocian con animales de buena conformación o con sistemas eficientes. La reconocen como una explotación viva, coherente, ligada a su territorio. Un lugar donde el pasado se cultiva para tener futuro, donde el tiempo se mide en ciclos de pasto, partos y cuidados, y donde la excelencia es el resultado natural de hacer bien las cosas, cada día.