Historia · 7 de abril de 2026
El Concejo de la Mesta: el gremio que dominó España 500 años
Durante más de cinco siglos, el Honrado Concejo de la Mesta fue mucho más que una corporación ganadera. Fundado en 1273 por Alfonso X el Sabio, este poderoso gremio moldeó el paisaje, la economía y los caminos de toda la península. Una historia fascinante escrita en lana merina y cañadas reales.
Durante más de cinco siglos, un gremio nacido de la necesidad de mover ovejas entre pastos de verano e invierno se convirtió en uno de los poderes más influyentes de la historia española. El Honrado Concejo de la Mesta no fue solo una corporación ganadera, fue una institución económica, política y territorial que moldeó el paisaje físico y humano de la península, trazó sus caminos más longevos y puso la lana de la oveja merina en los telares de media Europa. Su historia, que arranca en 1273 y se cierra en 1836, sigue impresa en los surcos de tierra batida que hoy llamamos cañadas reales y en los pueblos que duermen a su vera.
Un privilegio real bajo el haya de Barbadillo

La historia oficial del Concejo de la Mesta tiene una fecha y un árbol. El 2 de septiembre de 1273, el rey Alfonso X el Sabio concedió un privilegio a la asociación de ganaderos que cada año se reunían bajo el llamado «haya pomposa», cerca de Barbadillo de Herreros, en la actual Burgos, y les otorgó el título de «Honrado». Fue, según reconocen los historiadores, la primera institución de derecho público en favor de la oveja. El monarca reunió así en una sola asociación gremial a todos los pastores de los reinos de León y Castilla, a quienes concedió privilegios tan sustanciales como la exención del servicio militar, el derecho de paso y pastoreo y la libertad de no testificar en juicios.
Aquella decisión no surgió de la nada. Con anterioridad, los ganaderos ya se reunían en asambleas locales llamadas «mestas», término derivado del latín mixta, que significa mezclada, cuyo objetivo era tratar los asuntos del ganado y separar los llamados «mestencos», los animales sin dueño conocido que se habían mezclado con otros rebaños. Lo que hizo Alfonso X fue centralizar y proteger con el poder real esas reuniones dispersas en una única organización con capacidad jurídica y política propia. Su reglamentación interna no llegaría hasta 1347, ya bajo el reinado de Alfonso XI.
El motor económico de Castilla

El secreto de la potencia del Concejo radicó en el animal que protegía. La lana merina española alcanzó fama y un valor extraordinario en los mercados europeos a partir de la Baja Edad Media. Su finura, elasticidad y capacidad para retener el tinte la convertían en la materia prima perfecta para la floreciente industria textil de Flandes, Inglaterra e Italia. Durante siglos, Castilla tuvo un auténtico monopolio mundial de este producto. La lana era, en palabras de los propios reyes, «principal instancia de estos Reinos, cuya conservación tanto importa, así para sustento y población de fabricas, como para mantener el comercio con otros reinos y provincias». Los monarcas castellanos, conscientes de la enorme riqueza que generaba esta exportación, otorgaron a la Mesta privilegios crecientes para garantizar el libre tránsito de sus rebaños.
Los datos del crecimiento de la cabaña ilustran esa prosperidad. En el siglo XV, la cabaña lanar en los reinos de León y Castilla alcanzaba 1.500.000 cabezas de ganado, cifra que se elevó a 2.700.000 al comenzar el siglo XVI. El Catastro del Marqués de la Ensenada, para el año 1750, contabilizó 18,6 millones de cabezas en toda la Corona de Castilla. El Concejo generaba una fuente de divisas para la Hacienda Real y daba ocupación laboral a un elevado número de castellanos, desde pastores, rabadanes y zagales hasta curtidores, arrieros y comerciantes de lana.
Privilegios, poder y un pueblo agobiado
Desde el año 1500, la Mesta se organizaba celebrando dos asambleas al año, una en el sur de la península entre enero y febrero, y la otra en el norte entre septiembre y octubre. En esas reuniones se elegían los cargos directivos, se organizaban los itinerarios de las próximas trashumancias y se resolvían los conflictos internos. El cargo principal era el de Presidente, que recaía en el miembro más antiguo del Consejo Real, y le asistían cuatro alcaldes de cuadrilla y varios alcaldes mayores con facultad para juzgar y multar a quienes incumplieran la extensa normativa mesteña.
Bajo el reinado de los Reyes Católicos se alcanzó el mayor grado de protección regia. En 1489, el Ordenamiento del Concejo de la Mesta colocó al gremio bajo protección personal de los monarcas. El poder acumulado era tan visible y tan gravoso para el resto de la población que, a finales del siglo XV, corría entre el pueblo la expresión «Tres Santas y un Honrado tienen al pueblo agobiado». Las tres santas eran la Santa Inquisición, la Santa Hermandad y la Santa Cruzada. El Honrado completaba el cuarteto de poderes que pesaban sobre la vida cotidiana de los castellanos. Grandes propietarios nobles e instituciones eclesiásticas eran los principales beneficiarios de una institución que, con el paso del tiempo y especialmente desde Carlos V, fue controlada progresivamente por esas élites en detrimento de los pequeños ganaderos originales.
Las cañadas, carreteras de lana

El brazo físico del poder mesteño era la red de vías pecuarias que cruzaba la península de norte a sur. Junto con la creación del Concejo de la Mesta, Alfonso X reguló y protegió los caminos del ganado, fijando para las cañadas reales una anchura de 90 varas castellanas, equivalentes a unos 72 metros, y prohibiendo que los propietarios de fincas colindantes redujeran ese espacio moviendo mojones. El sistema se articulaba en tres niveles: las cañadas, grandes arterias de largo recorrido; los cordeles, con una anchura legal de 37,61 metros, que unían las cañadas con zonas de pastoreo más locales; y las veredas, caminos de uso casi diario para el acceso a los recursos inmediatos.
Entre todas las cañadas reales destacaba la Cañada Real de la Plata, también conocida como Cañada Real Vizana, columna vertebral de la trashumancia en el occidente peninsular. En gran medida, su trazado aprovechaba y discurría paralelo a la antigua Ruta de la Plata, consolidada como calzada romana para comunicar el norte con el sur, que ofrecía pasos naturales relativamente practicables a través de cordilleras y valles. La cañada atravesaba las provincias de León, Zamora, Salamanca y Cáceres, conectando los pastos de verano de las montañas del norte con las dehesas extremeñas donde los rebaños encontraban refugio del frío y pastos verdes en invierno. Su recorrido total alcanzaba unos 500 kilómetros.
El camino arrancaba en las montañas leonesas, descendía por los alrededores de Astorga y cruzaba Zamora bordeando las riberas del Esla, pasando junto al monasterio de Moreruela. Entraba en Salamanca por la penillanura salmantina, donde pasaba por Fuenterroble de Salvatierra y alcanzaba La Calzada de Béjar siguiendo la traza romana. Desde allí bajaba por el Puerto de Béjar y entraba en la provincia de Cáceres por Baños de Montemayor, famoso por sus aguas termales. Más al sur, cruzaba el Tajo por el Puente del Cardenal, junto a Villarreal de San Carlos, dentro del actual Parque Nacional de Monfragüe, y terminaba en el concejo de Trujillo, convergencia de vías pecuarias y símbolo de la importancia ganadera de la región.
La exportación merina y el monopolio roto

Durante los siglos de mayor esplendor, la Cañada Real de la Plata se convirtió en la autopista principal por la que circulaba la riqueza lanera de Castilla. Miles de ovejas merinas viajaban semestralmente por ella con su preciado manto de lana, acompañadas por pastores, mayorales, rabadanes, zagales y una legión de perros mastines. El mantenimiento y la protección de la cañada eran vitales para el funcionamiento de un sistema económico que sostenía una parte importante de los ingresos de la Corona.
Ese monopolio comenzó a resquebrajarse en el siglo XVIII. En 1765, Federico Augusto de Sajonia obtuvo de su primo Carlos III noventa y dos carneros y ciento veintiocho ovejas merinas que fueron llevadas a Stolpen, cerca de Dresde. El rey de España ordenó expresamente a su mayoral de El Escorial que seleccionara los mejores ejemplares de la Cabaña Real. El rebaño elegido daría origen al famosísimo tipo de lana de Sajonia, y con él se rompía para siempre el monopolio español. Otros países europeos consiguieron sus propios animales por vía del comercio o del contrabando, y la pérdida de mercados se hizo progresiva.
Declive, abolición y herencia
La decadencia del Concejo aceleró en el siglo XIX. El aumento de la población, el hambre de tierras cultivables, los movimientos ilustrados que cuestionaban los privilegios gremiales y el hundimiento de los precios de la lana convergieron en un proceso imparable. En 1812, las Cortes de Cádiz decretaron la abolición de la Mesta, aunque la vuelta al trono de Fernando VII restableció temporalmente sus privilegios. Fue finalmente por Real Orden de 31 de enero de 1836, bajo la Regencia de María Cristina, cuando el Honrado Concejo de la Mesta fue abolido, tras casi 600 años de existencia. Algunas de sus funciones, claramente mermadas, pasaron a la recién creada Asociación General de Ganaderos del Reino, su legítima sucesora, que sigue existiendo en la actualidad.
El archivo documental del Concejo, con sus 1.443 legajos, fue transferido en depósito al Archivo Histórico Nacional el 26 de septiembre de 1977 y adquirido de forma definitiva a lo largo de los años siguientes. Esa documentación es hoy fuente fundamental para conocer la historia económica y rural de España desde el siglo XIII hasta mediados del XIX. Mientras tanto, las cañadas reales sobreviven como corredores ecológicos y rutas de senderismo. La Cañada Real de la Plata, con sus pueblos de piedra y dehesas centenarias, sigue siendo un itinerario vivo que invita a recorrer, palmo a palmo, la historia del gremio que durante siglos dominó España al paso del rebaño.