Oveja merina · 2 de abril de 2026
Esquila merina: el rito que prepara la trashumancia
Cada primavera, antes de emprender las rutas trashumantes, los rebaños de ovejas merinas pasan por un ritual ancestral: la esquila. Un proceso cargado de historia, saberes colectivos y vínculos comunitarios que va mucho más allá de cortar la lana.
Cada primavera, antes de que los rebaños de ovejas merinas emprendan el largo camino hacia los pastos de altura, ocurre algo que los pastores trashumantes llevan repitiendo desde hace siglos. Los animales deben desprenderse de su vellón, ese manto de lana acumulado durante meses que, si no se retira a tiempo, se convertiría en una carga insoportable para el viaje. La esquila marca el inicio de una nueva temporada de trashumancia, y no solo sella el comienzo de la primavera, sino que apuntala los pasos previos que hay que dar para preparar al rebaño de cara a la trashumancia de verano. Lo que a ojos de un foráneo puede parecer una simple operación veterinaria es, en realidad, un rito ganadero cargado de historia, saberes colectivos y vínculos comunitarios que la cultura merina ha preservado a lo largo de generaciones.
Qué es exactamente la esquila

La esquila, también llamada esquileo, es el proceso de cortar la lana a las ovejas. Se desarrolla durante los meses de mayo y junio; se cortaba la lana con mucho cuidado, a ras de piel, con unas tijeras que el esquilador debía manejar con mucha habilidad. El proceso era muy importante porque había que evitar lesionar al animal y, al mismo tiempo, conseguir sacar el vellón entero. Hoy en día, la mayor parte del trabajo se realiza con máquinas eléctricas, aunque la destreza manual sigue siendo imprescindible. Los esquiladores profesionales esquilan a máquina, ya no se suele hacer a tijera, lo que reduce la posibilidad de cortes y permite extraer el vellón de una sola pieza. El tiempo medio por animal es de apenas dos minutos para un esquilador experto, aunque esa cifra esconde años de aprendizaje y práctica sostenida.
Una vez obtenido el vellón, el trabajo no termina. Recolectar la lana es solo una tarea que sigue con el sorteo o clasificación de calidad, luego vendrá el transporte, el lavado, el cardado, el hilado de la lana y la posterior confección de artículos. Una de las razones por las que se lavaba aproximadamente el 90 % de la lana esquilada en localidades como Segovia era porque la mayoría se exportaba al extranjero; el lavado eliminaba un 50 % del peso del vellón, lo que abarataba el transporte. Esta cadena productiva, que arranca en el lomo del animal y termina en el telar, representa uno de los sistemas agroindustriales más completos que legó la ganadería extensiva española.
Un ritual que precede a la trashumancia
La esquila no es una actividad aislada. Su lugar en el calendario ganadero es preciso y deliberado. Los rebaños de ovejas merinas viajaban desde las montañas del norte, donde pasaban el verano beneficiándose de la altitud y la humedad para producir lana de mayor calidad, hacia las dehesas extremeñas, donde encontraban refugio del frío y pastos verdes en invierno. Esquilar antes del ascenso hacia los pastos de verano tiene una lógica funcional clara. El vellón demasiado pesado dificulta la marcha, aumenta el estrés térmico del animal y compromete su estado sanitario durante un trayecto que puede prolongarse varios días o semanas.
La preparación del rebaño es, por tanto, una operación coral. La esquila requiere la colaboración de muchas personas de apoyo: además de los esquiladores, es fundamental recoger los vellones, llenar las sacas haciendo una primera clasificación, barrer y retirar suciedad para que la lana se manche lo menos posible, y pisar los vellones para comprimirlos y trasladar las sacas hasta el punto donde las recogerá el transportista. En las grandes ganaderías trashumantes que utilizan la Cañada Real de la Plata, eje vertebrador del movimiento estacional en el oeste peninsular, este momento convocaba a cuadrillas llegadas de distintos puntos, lo que convertía el esquileo en un evento social tan esperado como la propia salida del rebaño.
La Cañada Real de la Plata y sus pueblos de esquila
La Cañada Real de la Plata se convirtió en la columna vertebral de la trashumancia en el oeste de la península. Su trazado seguía la lógica de aprovechar los pasos naturales, los vados de los ríos y las zonas con disponibilidad de agua y pasto a lo largo de un corredor que atravesaba mesetas, serranías y campiñas. Atraviesa las provincias de León, Zamora, Salamanca y Cáceres, desde la montaña leonesa hasta Trujillo, en Cáceres. A lo largo de este trazado, numerosas poblaciones organizaron sus propios esquileos y estructuras de apoyo al ganado trashumante.
En Segovia, aunque vinculada a otras cañadas, el esplendor del esquileo fue tan notable que llegó a dejar huella en la toponimia y el patrimonio edificado. Hacia el año 1750 se podían esquilar en Segovia alrededor de 750.000 ovejas merinas en los 39 esquileos existentes. Entre los más importantes se encontraban los de Santilla y Alfaro, hoy ambos en ruinas. No tan importante en su día, el esquileo de Cabanillas es el único que hoy se mantiene en pie y ofrece visitas guiadas. Más al sur, ya en la ruta de la Plata, poblaciones como Baños de Montemayor, Hervás, Aldeanueva del Camino y Villarreal de San Carlos, en pleno Parque Nacional de Monfragüe, fueron puntos de referencia donde los rebaños descansaban, bebían en los abrevaderos comunales y recibían atención antes de continuar hacia las dehesas extremeñas.
En la provincia de Zamora, otro tramo esencial de la Cañada de la Plata, la esquila sigue siendo parte del paisaje vivo de la ganadería. Las tradiciones se mantienen y la dura vida del ganadero ovino obliga a dejar la familia en casa para conseguir que las ovejas pasten en mejores lugares y se mantengan sanas respirando el aire de la alta Sanabria hasta mediados de septiembre. Puebla de Sanabria, en el extremo noroccidental zamorano, es uno de los enclaves por los que históricamente transitaron los rebaños, y su entorno sigue siendo testigo de los movimientos estacionales del ganado.
Un oficio en riesgo de extinción

El esquilador es un especialista cuya técnica combina precisión, resistencia física y conocimiento del comportamiento animal. Sin embargo, el relevo generacional se ha convertido en uno de los principales desafíos del sector. La falta de relevo generacional en España hace imprescindible la búsqueda de mano de obra exterior, que en muchas ocasiones proviene de países que mantienen la tradición, como Argentina o Uruguay. Algunas empresas especializadas llegan a esquilar hasta un millón de ovejas por campaña, con cuadrillas internacionales contratadas para cubrir la demanda.
La situación es en ocasiones la de un oficio denostado, y desde la Escuela de Pastores de Extremadura y la Agrupación de Esquiladores Españoles se intenta revertirla mejorando la formación, la defensa de la profesión ante diversas instituciones, y la obtención de un precio digno por esquilar. A esto se suma otro problema estructural que afecta a la cadena de valor completa. La pérdida de lavaderos de lana en España ha sido casi total; hasta hace unos años la lana se enviaba a lavar a Béjar (Salamanca), pero tras el cierre del lavadero ha tenido que mandarse a Tabares (Portugal).
La lana merina: del vellón al textil artesano

El resultado directo de la esquila, el vellón, es la materia prima de una industria textil artesana que atraviesa un proceso de revalorización. La lana obtenida de los rebaños de merinas ha sido utilizada por proyectos como Dehesa Lana y Extremerinas, dos iniciativas extremeñas que apuestan por la revalorización de la lana local como materia prima para confeccionar sus prendas. La lana merina presenta características técnicas excepcionales. Dependiendo de la variedad de oveja se encuentran lanas finas como la merina, que puede tener hasta 40 rizos por centímetro, frente a lanas más gruesas como la de karakul, que puede tener menos de uno.
La pérdida de valor de la lana en las últimas décadas del siglo XX, en favor de fibras vegetales o sintéticas más baratas, generó un cambio en la selección hacia especies ovinas con mejor producción de carnes y leches, abandonándose el interés por la lana, que actualmente está considerada un subproducto ganadero de escaso valor. Esta paradoja económica, que convierte en residuo la materia que durante siglos fue el motor de la riqueza castellana, es uno de los argumentos centrales de quienes reclaman políticas de impulso a la ganadería extensiva merina. Instituciones como la Fundación Trashumancia y Naturaleza subrayan la importancia de la ganadería extensiva y de la trashumancia en la conservación de la biodiversidad, la prevención de incendios, la lucha contra el cambio climático y la producción de alimentos de calidad y saludables.
Esquila y trashumancia, patrimonio vivo del territorio

La trashumancia es un patrimonio vivo que, a su paso, deja un importante legado cultural y etnográfico a través de fiestas y tradiciones, artesanía popular, gastronomía y tradición oral. La esquila, como acto inaugural de ese ciclo migratorio, concentra en pocas jornadas toda la intensidad de una forma de vida que combina trabajo físico, saberes técnicos heredados y una fuerte cohesión social entre pastores, ganaderos y comunidades rurales. La iniciativa Caminos de la Merina, que tiene como uno de sus ejes principales la Cañada Real de la Plata, busca revalorizar la trashumancia como eje vertebrador del territorio y motor de desarrollo turístico rural sostenible.
En España, cada oveja trashumante traslada diariamente unas 5.000 semillas y abona el terreno con más de 3 kilos de estiércol. Estas cifras ilustran por qué la esquila y la trashumancia son algo más que una tradición pintoresca. Son piezas funcionales de un sistema ganadero y ecológico que ha modelado los paisajes de la Península durante milenios y que, hoy, sigue siendo imprescindible para el mantenimiento de ecosistemas, comunidades rurales y razas autóctonas como la propia merina. El sonido de las tijeras o las máquinas esquiladoras resonando en una majada de la Cañada de la Plata es, en ese sentido, mucho más que el inicio de una faena agrícola, es la primera nota de un viaje que une la montaña leonesa con la dehesa extremeña, el pasado medieval con el presente de la ganadería extensiva.