Cañada Real Riojana
La Cañada Real Riojana: un viaje épico de 600 kilómetros
La Cañada Real Riojana es un viaje épico que comienza en la Sierra de la Demanda Riojana, cruza el valle del Ebro y atraviesa la Meseta Castellana hasta llegar a los Montes de Toledo o Sierra Morena. Un viaje milenario que suponía un importante pilar económico y se resiste a desaparecer.
Si alguna vez has visto una película del Oeste, te habrás imaginado a los vaqueros moviendo grandes manadas de ganado. Pues en España, la versión a la antigua usanza era la trashumancia, y sus protagonistas no eran vacas, sino miles de ovejas merinas guiadas por pastores incansables. Y no creas que iban por cualquier camino. Tenían su propia red de "autopistas", y una de las más espectaculares y emblemáticas era la Cañada Real Riojana, que unía dos puntos geográficos tan diferentes como el norte de La Rioja y las duras tierras de Sierra Morena. Este no era un simple camino, era un cordón umbilical que unía territorios, culturas y, sobre todo, una forma de vida que ha durado siglos.
Este viaje de ida y vuelta, de unos 600 kilómetros, marcaba el calendario trashumante. En primavera, el rebaño se ponía en marcha desde los pastos de invierno del sur para llegar a las montañas del norte, frescas y llenas de pasto. En otoño, cuando el frío empezaba a calar en los huesos, tocaba hacer el camino inverso. Era un ciclo de supervivencia y de armonía con la naturaleza, donde el tiempo no se medía en meses, sino en kilómetros recorridos. Y la Cañada Real Riojana era el escenario de esta épica aventura, una ruta que vamos a recorrer paso a paso.
El trazado de una autopista ancestral: un atlas de paisajes

El recorrido de la Cañada Real Riojana es un auténtico atlas de la geografía española, un viaje que te lleva a través de una increíble diversidad de paisajes. Su trazado no es casual, sino que ha sido perfeccionado a lo largo de siglos para aprovechar los recursos naturales de cada zona.
El origen: desde las montañas del Sistema Ibérico
La ruta comienza en las cumbres del Sistema Ibérico, en las sierras del oeste de La Rioja. Aquí, en lugares como la sierra de la Demanda y la zona de Ezcaray, el paisaje es de alta montaña, con densos bosques de hayas, robles y pinos. El aire es fresco y el pasto, abundante y jugoso en los meses de verano.
Este era el paraíso de verano para las ovejas merinas, un refugio contra el calor sofocante de la meseta. La cañada serpentea por estos valles, siguiendo el curso de los ríos y aprovechando los desniveles del terreno. El inicio del viaje era un descenso lento desde estas alturas, una despedida de la frescura de la montaña.
Cruzando el Valle del Ebro

Una vez que la cañada abandonaba las montañas, se enfrentaba a uno de sus mayores desafíos: cruzar el valle del Ebro. Este paisaje, dominado por viñedos y campos de cereal, es un contraste brutal con el de la sierra. El rebaño debía cruzar el río y atravesar zonas agrícolas, a menudo por caminos empedrados, para llegar al otro lado. Los pastores tenían que negociar su paso y asegurar que las ovejas no se desviaran hacia los cultivos, lo que añadía una complejidad logística a la ruta.
La travesía de la Meseta
Superado el valle del Ebro, la cañada se internaba en el corazón de España: la inmensa meseta castellana. Esta parte del viaje era larga y monótona, pero crucial. El paisaje se abría en llanuras interminables de campos de cereal, con algunos matorrales y encinas solitarias.
Aquí, el sol podía ser abrasador y los puntos de agua, escasos. Los pastores se guiaban por el cielo y por su conocimiento de la tierra, sabiendo dónde encontrar los manantiales y los puntos de descanso. La cañada se convertía en una línea recta que cortaba el horizonte, uniendo puntos lejanos y sirviendo de guía para las ovejas.
El final del camino: los montes de Toledo y Sierra Morena

Finalmente, la cañada llegaba a la última etapa: los montes de Toledo y, en particular, Sierra Morena. El paisaje volvía a cambiar, con colinas y dehesas de encinas y alcornoques. Los pastos de esta zona, que reverdecían con las primeras lluvias del otoño, eran el paraíso de invierno para las ovejas merinas. Aquí, el rebaño podía engordar, descansar y protegerse de los fríos del norte.
Las dehesas de Sierra Morena eran el destino final, el lugar donde el ciclo de la trashumancia se detenía por unos meses. Este era el final feliz del viaje, un momento de alivio y tranquilidad antes de que el ciclo volviera a empezar en primavera.
Un viaje de miles de años y el legado de la Mesta
La historia de la Cañada Real Riojana es la historia de España. Su uso se remonta a tiempos inmemoriales, pero fue en la Edad Media cuando se institucionalizó. En 1273, el rey Alfonso X de Castilla creó el Honrado Concejo de la Mesta, una organización de ganaderos que protegía los derechos de los pastores trashumantes. La Mesta garantizaba la libre circulación del ganado por las vías pecuarias, y esto convirtió a la ganadería en un pilar económico del país. La lana de la oveja merina se convirtió en el "petróleo" de la época, un producto de exportación que hizo de España una potencia mundial.
La Cañada Real Riojana era una de las nueve cañadas reales más importantes de la península, y su trazado se mantuvo casi intacto durante siglos. Es una prueba de la visión de futuro de nuestros antepasados, que entendieron que la ganadería necesitaba una infraestructura organizada. Hoy en día, la cañada está protegida por ley como un bien de dominio público, aunque su uso ha disminuido. Aun así, sigue siendo una arteria vital para la flora y la fauna, y un recordatorio de una forma de vida que se resiste a desaparecer.
Aunque el uso masivo de las cañadas reales ha disminuido, su legado sigue vivo. Hoy en día, muchas de estas rutas se han convertido en senderos de gran recorrido, ideales para hacer a pie, en bicicleta o a caballo. Recorrer la Cañada Real Riojana es una forma de conectar con la historia, de ver la diversidad de paisajes de España y de entender la sabiduría de una forma de vida que vivía en armonía con la naturaleza.