Cañada Real de la Plata
5 paisajes naturales imprescindibles en la Cañada Real de la Plata
Por si no lo sabías, en España no solo hay playas de ensueño, pueblos blancos o montañas que parecen salidas de un anuncio de chocolate suizo. También hay caminos. Caminos de verdad. Caminos que cuentan historias, que cruzan siglos, que…
Por si no lo sabías, en España no solo hay playas de ensueño, pueblos blancos o montañas que parecen salidas de un anuncio de chocolate suizo. También hay caminos. Caminos de verdad. Caminos que cuentan historias, que cruzan siglos, que pisan ovejas, pastores, reyes, mercaderes y hasta algún que otro viajero con ganas de desconectar del Wi-Fi y conectar con la tierra.
Uno de esos caminos es la Cañada Real de la Plata, también conocida como Cañada de la Vizana. Se trata de una de las principales vías pecuarias de la Península Ibérica. Pero hoy no vamos a hablar solo de ovejas (aunque alguna saldrá). Hoy te traigo 5 paisajes naturales que atraviesa esta antigua cañada y que deberías conocer. Porque entre paso y paso, también hay lugar para la belleza.
1. Reserva de la Biosfera de Babia (León)

¿Te suena la expresión “estar en Babia”? Pues viene de aquí. Se dice que los reyes de León venían a relajarse a esta comarca tan bella, tan apartada y tan… Babia, que los cortesanos decían que “el rey está en Babia” cada vez que se evadía de sus responsabilidades. Y con razón.
La Reserva de la Biosfera de Babia, al noroeste de León, es uno de los paisajes montañosos más espectaculares del norte peninsular. Con cumbres que superan los 2.000 metros como Peña Ubiña o los Picos Blancos, y valles por los que fluyen los ríos Sil y Luna, Babia es el paraíso de los senderistas y de los que aún no han olvidado cómo se respira aire limpio.
Lo más curioso es que esta comarca es un ejemplo vivo de cómo la trashumancia ha moldeado el paisaje. Sus praderas extensas son fruto de siglos de pastoreo, y su flora endémica incluye joyas botánicas como la Saxifraga babiana. Además, es zona de paso del oso pardo, así que no olvides tus prismáticos… ni tu silencio.
2. Lagunas de Villafáfila (Zamora)

Del verde de Babia pasamos al blanco salino de las Lagunas de Villafáfila, en la Tierra de Campos zamorana. Aquí el paisaje es otro: llano, abierto y con un horizonte que parece que nunca acaba, como si alguien hubiese estirado el cielo a propósito.
Este conjunto de lagunas, de carácter salino y estacional, es uno de los humedales más importantes de España para las aves migratorias. De hecho, si te gustan las aves, este sitio es como Eurodisney, pero con prismáticos. Miles de avutardas, gansos, grullas, cigüeñuelas y otras especies pasan aquí el invierno, descansan en sus viajes o simplemente deciden quedarse.
Las lagunas más famosas (la Grande, la de Barillos y la de las Salinas) son de poca profundidad, pero de un valor ecológico incalculable. En la Casa de la Reserva “El Palomar” puedes aprender más sobre este ecosistema y asomarte a observatorios estratégicos donde ver el espectáculo natural sin molestar a nadie. Además, Villafáfila está muy cerca del trazado de la Cañada Real, lo que la convierte en una parada obligatoria para cualquier caminante, ciclista o viajero trashumante moderno.
3. Sierra de Béjar (Salamanca)

¿Pensabas que Salamanca solo era plaza Mayor, tapas y estudiantes de fiesta concentrados en sus apuntes? ¡Sorpresa! Al sur de la provincia te espera la Sierra de Béjar, una cadena montañosa que forma parte del Sistema Central y que ofrece un festival de bosques, gargantas y cumbres nevadas que no tiene nada que envidiar a otros destinos más conocidos.
Aquí la Cañada Real atraviesa un territorio donde la naturaleza es protagonista, pero también la historia. Este fue territorio de paso de pastores y comerciantes, y aún se conservan ventas, caminos empedrados y puentes que lo demuestran. En otoño, los bosques de robles y castaños parecen pintados con acuarela, y en invierno, la nieve cubre las cumbres y abre la temporada en La Covatilla, una pequeña estación de esquí perfecta para quienes prefieren esquiar sin postureo.
Además, la Reserva de la Biosfera Sierras de Béjar y Francia ofrece más de 450 km de senderos señalizados, ideales para todos los niveles. Algunos te llevan a miradores increíbles, otros a ríos que murmuran en secreto y alguno, si te despistas, puede que te lleve hasta el bar del pueblo, que tampoco está nada mal.
4. Parque Nacional de Monfragüe (Cáceres)

Prepárate, porque entramos en territorio épico. El Parque Nacional de Monfragüe es uno de esos lugares donde la naturaleza te obliga a detenerte, mirar, y decir cosas como “¡wow!” o “¡pero qué barbaridad!”. Situado en pleno corazón de Cáceres, es el pulmón verde de la Cañada Real y uno de los mejores lugares de Europa para la observación de aves rapaces.
Aquí vuelan libres los buitres leonados, los águilas imperiales ibéricas, los alimoches, e incluso el tímido búho real. Y todos ellos pasan cerca de ti mientras caminas entre dehesas de encinas, alcornoques y jaras. El salto del Gitano, con su impresionante cortado sobre el río Tajo, es el mirador más icónico del parque… y no es para menos.
Pero Monfragüe no es solo un parque nacional. Es un símbolo de conservación, un aula de naturaleza viva y un lugar donde la cañada real encuentra uno de sus tramos más espectaculares. Por cierto, si pasas en febrero, no te pierdas la Feria Internacional de Turismo Ornitológico (FIO). Es como una Comic-Con, pero con plumas.
5. Río Tormes (Salamanca)

Acabamos este viaje en otro río emblemático: el Tormes. Este afluente del Duero, famoso por dar nombre al pícaro más universal de la literatura española (sí, el Lazarillo), recorre buena parte de la provincia de Salamanca y serpentea cerca de la Cañada Real en varios tramos.
El Tormes es sinónimo de vida, frescor y tranquilidad. Sus orillas albergan chopos, fresnos y bosques de ribera que sirven de refugio a una rica fauna. A lo largo del río encontrarás pueblos con encanto como El Barco de Ávila, Puente del Congosto o Alba de Tormes, donde la historia y la naturaleza van de la mano.
Es un lugar perfecto para el baño en verano, para un paseo en primavera o para una reflexión otoñal con los pies en el agua (metafóricamente, claro). Además, sus aguas han sido fundamentales para la agricultura y la vida rural de la región, lo que refuerza ese vínculo profundo entre el paisaje y quienes lo habitan.
Desde las montañas de Babia hasta las dehesas extremeñas, este camino trashumante nos recuerda que todavía hay espacios donde el tiempo no corre, sino que camina al ritmo del ganado. Y sí, puede que no encuentres cobertura en algunos tramos, pero a cambio, descubrirás algo mucho más valioso: el silencio, el horizonte… y quizás una oveja que te mire y se pregunte qué se te ha perdido por allí.