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Cañada Real de la Plata

Mantecadas, perrunillas y otros dulces de la Cañada Real de la Plata

Vale, vamos a hablar de dulces. De esos que no solo te endulzan el paladar, sino también la memoria. De esos que caben en una alforja, aguantan kilómetros y te reconcilian con el mundo tras una buena caminata. Porque si algo aprendimos de…

Vale, vamos a hablar de dulces. De esos que no solo te endulzan el paladar, sino también la memoria. De esos que caben en una alforja, aguantan kilómetros y te reconcilian con el mundo tras una buena caminata. Porque si algo aprendimos de los pastores, caminantes y viajeros de antaño es que, además de orientación y sentido práctico, sabían darse un capricho dulce cuando tocaba. Y menudo capricho.

A lo largo de los pueblos que salpican la antigua Cañada Real de la Plata se hornean desde hace siglos mantecadas, perrunillas, roscas y bollos que han acompañado a generaciones enteras. Algunos con nombre de abuela, otros con textura de convento y más de uno que provoca suspiros sólo con olerlo. Así que ponte cómodo, guarda el GPS y saca el café. Te vas a empachar de tradición.

1. Mantecadas de Astorga: cuadradas, suaves y con denominación de origen

Mantecadas de Astorga - Foto: Wikipedia

Hay dulces que conquistan por el sabor, otros por el aroma… y luego están las mantecadas de Astorga, que te ganan con todo: nombre, forma, textura y ese papelito arrugado que queda después, como testigo dulce del crimen. Estas esponjosas maravillas se elaboran desde hace siglos con ingredientes tan nobles como simples: huevos, azúcar, harina y mantequilla de vaca, nada de margarinas traicioneras. El secreto está en la mezcla, el horneado… y quizá en el aire de Astorga, que tiene algo de mágico.

Lo más característico es su forma cuadrada y su envoltorio individual de papel, la famosa “cajilla”, que deja una cruz en la base al hornearse. Y aunque parezca un detalle menor, créeme: una mantecada sin cruz no es una mantecada, es un bizcocho que se ha colado. Perfectas para el desayuno, la merienda o ese momento de debilidad entre pueblos, las mantecadas son la forma que tiene León de decirte “vuelve pronto”. O al menos, “llévate una caja”.

2. Perrunillas: las galletas que crujen recuerdos

Perrunillas - Foto: Wikipedia

Crujientes por fuera, tiernas por dentro y con aroma a anís o limón. Así son las perrunillas, unas galletas de pueblo, de madre, de infancia, de esas que te persiguen el olfato desde la despensa. Son típicas de muchas regiones, pero en Extremadura y Salamanca tienen categoría de institución. Se elaboran con manteca de cerdo (sí, la buena), harina, huevo y azúcar.

La receta es de esas que se transmiten con frases como “a ojo” o “cuando la masa lo pida”, lo que garantiza resultados legendarios y nunca iguales. Fueron compañeras de viaje de pastores y reposteras conventuales, y todavía hoy se hornean en hornos de leña que te hacen dudar de si estás en el siglo XXI o en una novela de Galdós. Una advertencia: si pruebas una, querrás otra. Y si llevas una bolsa cerrada “para regalar”, calcula que llegará vacía.

3. Roscas de alfajor de Casar de Cáceres: cuando la miel viaja en círculo

Roscas de alfajor de Casar de Cáceres - Foto: RTVE

Puede que las roscas de alfajor no sean tan conocidas como otros dulces del camino, pero eso es porque quienes las descubren se callan para no tener que compartir. Estas roscas, típicas de Casar de Cáceres, se hacen con una masa de harina y aceite de oliva virgen extra, y se rellenan con una mezcla celestial de miel, pan rallado y frutos secos, llamada alfajor.

El nombre viene del árabe al-hasu, que significa “relleno”. Y vaya si lo está. Se hornean en hornos tradicionales, adquieren una textura crujiente por fuera y melosa por dentro, y tienen esa forma de lazo dulce que parece decirte: “Sí, soy irresistible, y lo sabes”. Las encontrarás en fiestas, en ferias, en cajas de regalo y, con suerte, en la guantera de alguien que sepa vivir. No te vayas de Cáceres sin probar una. O tres.

4. Bollos de chicharrones y otros dulces de pastor

Bollos de chicharrones - Foto: Dulces Ana Anton Abad

Quizá no suenen tan delicados, pero los bollos de chicharrones son una auténtica reliquia de la repostería rural. Su mezcla de dulce y salado es la prueba de que el ingenio campesino no solo servía para pastorear, también para innovar. Se preparan con masa de pan enriquecida con azúcar, anís y trocitos de chicharrón (sí, grasa crujiente del cerdo). El resultado es un panecillo sabroso, rotundo, perfecto para quienes necesitan energía y sabor de una sentada.

A lo largo del camino también encontrarás otras joyas: flores fritas, rosquillas, bollos maimones y hasta bizcochos de convento con nombres impronunciables. Todos tienen algo en común: tradición, paciencia... Y el riesgo de que desaparezcan antes de llegar al siguiente pueblo.

Caminar está muy bien, pero caminar con un dulce en la mano es otro nivel. La Cañada Real de la Plata no es solo una ruta ganadera o un corredor ecológico: también es una ruta de sabores humildes, pero poderosos, de recetas que huelen a madre y saben a pasado.